El último príncipe carlista

Diario Vasco

19/08/2010

Borja Vivanco Díaz

Uno de los episodios más singulares de la historia del País Vasco y Navarra es la extravagante evolución y la rápida desaparición del carlismo como movimiento sociopolítico. Ayer precisamente murió uno de sus últimos representantes, Carlos Hugo de Borbón-Parma, quien fuera presidente del Partido Carlista, pretendiente al trono de ‘Las Españas’ e hijo del último autoproclamado rey, por parte de esta línea dinástica, Javier I.

En la actualidad apenas queda rastro de simpatizantes del carlismo en nuestra geografía, donde el carlismo se erigió como fuerza política dominante -muchas veces única- hasta bien entrada la década de los 60. En el País Vasco y Navarra, las autoridades del régimen franquista fueron casi siempre tolerantes con los ‘círculos’ carlistas y muchos de sus miembros ocuparon gran número de alcaldías, algunas veces las de comarcas enteras; además de puestos de responsabilidad en diputaciones o Administraciones Públicas. Así y todo, el carlismo se fue diluyendo hasta prácticamente desaparecer, casi en silencio, en el ‘tardofranquismo’.

En los ‘hábitats’ rurales de Vizcaya, Gipuzkoa y Álava, los carlistas -o sus hijos y nietos- no tardaron en ponerse del lado nacionalista. El carlismo claudicó, definitivamente, en el País Vasco ante el nacionalismo; a pesar de que durante la primera mitad del siglo XX mantuvo el pulso. Muchos llegan a entender que el nacionalismo es resultado de la evolución natural del fuerismo que residía en las entrañas del carlismo y que, además, había fracasado en tres dolorosas guerras, en su afán de lograr la restauración foral. De hecho, casi todos los primeros nacionalistas vascos, comenzando por Sabino Arana, provenían de entregadas familias carlistas.

En Navarra fue cosa distinta. En el ‘Viejo Reyno’, el nacionalismo vasco prácticamente sólo se expandió, a costa del carlismo, en las zonas vascoparlantes. Tanto es así que, en la Comunidad Foral, es mucho más fácil descubrir a los herederos del carlismo en el ‘navarrismo’ que hace suyo UPN o en la ‘navarridad’ que defiende CDN. Precisamente hace unos pocos meses, el propio Miguel Sanz, presidente de la Comunidad Foral, inauguraba en la ciudad de Estella, antigua corte carlista, el Museo del Carlismo. Carlos Hugo de Borbón-Parma visitó el museo, en una de sus últimas apariciones públicas, con boina roja; dando también la impresión que formaba parte más de la sala de exposiciones que de la realidad política actual.

¿Por qué no crear, también en el País Vasco, una especie de Museo del Carlismo o de las Guerras carlistas? O, mejor, ¿por qué no ha tenido lugar una iniciativa común entre el Gobierno de Navarra y el Vasco? ¿No fue acaso también el carlismo durante el siglo XIX y parte del XX el fenómeno político más relevante de nuestra hoy comunidad autónoma? ¿Alguien puede dudar de que la abolición de los fueros y las tres guerras carlistas constituyeron uno de los capítulos más trascendentales de la historia vasca contemporánea?

En los años 60, Carlos Hugo y su padre pretendieron liderar una vertiginosa evolución del carlismo desde el integrismo religioso y político hasta el socialismo democrático, cristiano y autogestionario. Pero Carlos Hugo no obtuvo muchos apoyos en la, entonces, amplia familia carlista. Era ir demasiado lejos. Los viejos requetés, que se adhirieron con entusiasmo al Alzamiento del 18 de julio iban muriendo sin entender ni palabra de la Yugoslavia socialista y federal que Carlos Hugo propugnaba como ejemplo de modelo sociopolítico. Las autoridades franquistas no tardaron en vetar no sólo su «experimento político», sino también su presencia en España. Y las nuevas generaciones carlistas, que sobre todo aspiraban a la llegada de la democracia, fueron sumándose a otras opciones políticas; limpias del ‘lastre franquista’ que para muchos la boina roja y la borla color oro viejo representaban. Carlos Hugo tuvo, en definitiva, casi todo en su contra.

Los sucesos de la romería de Montejurra de 1976 pusieron de manifiesto la debilidad y la división del carlismo. Grupos de extrema derecha, que acompañaron a su hermano y representante del ala tradicionalista del carlismo, Sixto de Borbón, dispararon contra los seguidores de Carlos Hugo, causando varios muertos. Si hasta la década de los 60 las concentraciones de Montejurra simbolizaban el carlismo más rancio, en los últimos años del franquismo y en la transición política fueron lugar de encuentro de distintos sectores de la oposición antifranquista.

El Partido Carlista, seguidor de las tesis renovadoras de Carlos Hugo, no pudo participar en las primeras elecciones democráticas de 1977. Incomprensiblemente, el Gobierno de Adolfo Suárez no lo permitió, aunque sí aceptó que el Partido Comunista de España concurriera. Aún hoy no están claras las razones de tal veto, que envió al Partido Carlista a la tumba, a pesar de ser el decano de los partidos políticos. ¿Temían, en La Moncloa, que Carlos Hugo de Borbón-Parma disputara el trono al Rey Juan Carlos I de Borbón si el Partido Carlista alcanzaba un buen resultado en las elecciones legislativas?. Pero, ciertamente, ser coronado rey de España no se contaba ni en los planes de Carlos Hugo ni en los de sus colaboradores.

En las elecciones de 1979, el Partido Carlista obtuvo un muy pobre resultado y Carlos Hugo dimitió. No obstante Carlos Hugo sí fue, durante la transición política, un personaje popular, conocido y que se granjeó simpatías en muy diversos sectores políticos. Al poco tiempo, dejó la política activa. El Partido Carlista, fiel al socialismo autogestionario y al modelo de Estado federal, con el que soñaba Carlos Hugo, apenas ha ido consiguiendo unos cientos de votos en las últimas elecciones. No forma parte de la actualidad política, pero sí de nuestra Historia y también del germen de las ideologías hoy hegemónicas.

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