Carlos Hugo, luces y sombras

Diario de Noticias (Navarra)

30/08/2010

Fermín Pérez-Nievas

La muerte de Carlos Hugo deja al Carlismo sin el que fuera su líder durante la Transición. En 1980 abandonó el Partido y a sus militantes sin dar explicaciones. Pese a todo, su nombre tiene un importante apartado en la historia política.

La visita de Carlos Hugo al Museo Carlista de Estella el pasado mes de marzo permitió ver frente a frente a los dos pretendientes más mediáticos y carismáticos que ha tenido el carlismo, el movimiento político más veterano que existe con casi 180 años de historia. Enterrado el pasado domingo en Parma (Italia), Carlos Hugo de Borbón fue uno de los personajes políticos más relevantes en la oscura y uniforme España de 1960 y uno de los pocos que levantó la voz en público contra el régimen franquista, lo que le valió la expulsión del país en 1968. Pese a todo, su rápido y aún no explicado abandono del partido deja un legado lleno de luces y sombras. Eterno príncipe y sólo cabeza del partido durante 4 años, no pudo finalmente entonar el famoso “¡volveré!” que pronunciara su antecesor y emblema del carlismo Carlos VII. El que durante tantos años fuera secretario general del Partido Carlista en Euskalherria, José Ángel Pérez-Nievas, señaló en el año 2004: “¿Por qué no un carlismo sin rey?, igual que existe un socialismo sin Pablo Iglesias, un marxismo sin Marx o un nacionalismo vasco sin Sabino Arana. Don Carlos encabezó un movimiento político, pero no fue él quien le dio contenido”.

SURGE UN LÍDER

Hasta pasada la Segunda Guerra Mundial (en la que tomó parte contra los nazis el rey carlista Javier de Borbón, padre de Carlos Hugo) no comenzaron las luchas dinásticas entre las dos ramas que aspiraban a reinar en España. En 1952 don Javier (como le conocían los carlistas) nombró a su hijo mayor Príncipe de Asturias y puso a todos sus hijos a aprender castellano para continuar con el legado que le había dejado su tío Alfonso Carlos I, como cabeza visible del carlismo. Tras la primera aparición pública de Carlos Hugo en Montejurra en 1957, junto a sus hermanas María Teresa y Cecilia, pronto se vio el magnetismo y las dotes de oratoria del príncipe que en la cima, ante 40.000 personas y en plena dictadura, decía que “los sindicatos alcanzarán con vigor social su independencia del poder político”. En esos primeros años en la montaña santa carlista repetía “nuestra sociedad es inactual: está basada en la riqueza. Los que carecen de esta riqueza encuentran cerrado el acceso a toda clase de poder. Hay que reestructurar la sociedad para que todos tengan participación en el poder. La garantía de libertad está en el pluralismo”. La evolución ideológica del carlismo era un hecho y la cita de mayo se convirtió en la única donde se atacaba públicamente al régimen de Franco. “Sin un sistema de libertades municipales y regionales, la Monarquía social no es más que un nombre. España será sólo una democracia cuando sea una monarquía federativa”, clamaba Carlos en 1959.

Licenciado en Derecho por la Sorbona y en Económicas por Oxford, era fácil de entender cómo la comparación de su figura salía reforzada ante la del joven y callado Juan Carlos, del que entonces poco se sabía. Visto su creciente tirón, sus asesores, a cuyo frente se encontraba José maría de Zavala, como primera medida para darlo a conocer decidieron instalarlo en Bilbao, bajo el nombre de Javier Ipiña. Interesado por una huelga minera decidió trabajar de incógnito en el pozo Sotón, en San Martín (Asturias), para conocer la situación de estos trabajadores desde dentro. Ninguno de sus compañeros, que le conocían por el inglés, supo nada hasta pasados dos meses en que aparecieron los primeros reporteros.

Puesta en marcha la maquinaria de propaganda, el partido decidió instalarlo en Madrid, donde podía darse más a conocer. Curiosamente la casa estaba situada en la calle Hermanos Becquer, teniendo como vecino al que era uno de los hombres fuertes del régimen, Carrero Blanco. Mientras, sus hermanas (Cecilia, María Teresa y María de las Nieves) recorrían la península. En 1964 contrajo matrimonio con la princesa Irene de Holanda, lo que supuso un empuje más a su figura, pero para Irene la pérdida de sus derechos como heredera de la corona. Ese mismo año Franco decidió que España sería monarquía y que el cargo recaería en Juan Carlos, nacido en Roma. A nivel político, Carlos Hugo, al que se le prohibió ir a Montejurra, fomentó diversos cursillos de formación política para renovar y rejuvenecer los mandos que criticaban fuertemente los discursos del aspirante.

Las entrevistas en periódicos internacionales eran constantes y Carlos Hugo repetía cosas como que “sin una profunda reforma de las estructuras sociales producidas por un capitalismo arcaico la democracia no es posible” y que “el sistema educativo español es la mayor injusticia de nuestro país”, mientras pedía “sindicatos democráticos y elecciones sindicales a todos los niveles”. No tardó el Gobierno en expulsarlo. El 20 de diciembre de 1968 la Policía rodeó su hotel de Zaragoza y tras pasar por Tudela, Pamplona, San Sebastián e Irun le dejaron en Francia; la acusación: “Participar en actividades de carácter político”. Hubo manifestaciones y se cerraron varios círculos carlistas en todo el país. En mayo de 1969, como acto de protesta, después de la cita de Montejurra se quemó un retrato de Franco en la plaza de Estella.

CITA DE LA OPOSICIÓN

Poco a poco la cita carlista se fue convirtiendo en un reducto antifranquista donde se encontraban todas las formaciones de izquierdas y donde se veían todo tipo de banderas. Clandestinamente, tanto Carlos Hugo como sus hermanas e Irene visitaban Navarra y solían aparecer en la cima de Montejurra durante toda la década de los 70, para lo cual a veces, incluso, se ocultaban en casa de militantes que acudían fielmente a cada bautizo. Así sucedió también en 1976, donde se le evacuó campo a través cerca de la cima mientras de fondo se oían las metralletas de los seguidores del hermano de Carlos, Sixto. En abril de 1975 Javier, con 85 años, cedía el trono carlista a su hijo, que asumía también la presidencia del Partido Carlista.

Integrante de la conocida como Platajunta (que agrupaba a los diversos partidos democráticos) el carlismo quedó fuera de las elecciones de 1977 al ser la única formación política no legalizada por el Gobierno de Adolfo Suárez. Un año después, Carlos Hugo mantuvo un encuentro en el Palacio Real con Juan Carlos, al término del cual dijo a la prensa “ni yo, ni mi familia, ni los intereses políticos que pueden atribuírsenos tenemos ahora mismo ambiciones de ocupar el puesto que ocupa Juan Carlos. Él es el jefe del Estado y a nosotros no se nos ha preguntado, ni a los españoles tampoco”. Pese a ello, en un libro recientemente publicado por su hermana María Teresa, aseguraba que le había dicho a Juan Carlos que “sólo el pueblo puede renunciar a los derechos dinásticos, no yo”.

CAÍDA DE UN LÍDER

La rémora de la no legalización, que les obligó a presentarse como Agrupación Montejurra, les hizo salir con desventaja en la carrera electoral de 1979, donde pudo concurrir encabezando la lista carlista por Navarra al Congreso de los Diputados, después de haber conseguido la nacionalidad española en 1978. Los malos resultados (apenas el 7,7% de los votos en Navarra, unos 19.500) hicieron que no consiguiera el acta y la desilusión desembocó en una deriva de abandonos, propiciados y liderados por el propio Carlos Hugo. A las dimisiones de toda la cúpula, José María de Zavala, Josep Carles Clemente, Carlos Carnicero, Laura Pastor y José Manuel Sabater, entre otros, le siguió inmediata la de María Teresa de Borbón y la del que era presidente del partido, que lo hizo entregando un documento en un congreso y remitiendo una nota el 20 de abril de 1980 a Mariano Zufía (responsable de EKA y que, a partir de ese momento, se hizo cargo del carlismo). En esa nota, de dos líneas mecanografiadas, se puede leer: Muy señor mío: le comunico oficialmente por medio de este escrito que no pertenezco al Partido Carlista a todos los efectos. Le saluda atentamente, Carlos Hugo de Borbón. Se instaló en Estados Unidos y anunció la creación de un Centro de Estudios Sociológicos. Los asesinatos de 1976, la derrota electoral y la huida de Carlos Hugo dinamitó al Partido Carlista. Después de décadas de lucha, de esfuerzo económico y de que los militantes arriesgaran su vida, sus familias y sus casas por un ideal, el estilete abandonaba la batalla sin explicaciones. La mayoría no lo perdonó.

A mediados de los 90 volvió a aparecer en público, con boina roja y defendiendo al carlismo y muchos militantes se reunieron con él, a espaldas de la dirección del partido. La entrega en 2002 de su archivo al Estado y la apertura en marzo de este año del Museo del Carlismo, que omite precisamente toda la renovación ideológica y política que aportó Carlos Hugo, le colocó de nuevo en primera línea de la información y del carlismo, un ideal que abandonó hace 30 años. Pese a todo, queda su legado: la lucha política contra el franquismo y la dictadura. Un período de 20 años que algunos definen ya como la Cuarta Guerra Carlista.

 

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