Palabras de Don Carlos Hugo en Arbonne (2003)

 

Palabras de Don Carlos Hugo en el acto de imposición de cruces de la Real Orden de la Legitimidad Proscripta, celebrado el domingo 28 de septiembre de 2003 en Arbonne.

Quería deciros, en primer lugar, que esta mañana durante la Misa me dí cuenta de la suerte que tenemos todos de ser cristianos, de haber nacido después de la venida de Cristo al mundo, y de poder ver nuestra vida no como una vaga esperanza lejana, sino como una certidumbre de que todo lo que hagamos en la vida, sea grande o pequeño, tiene sentido porque Dios pone todo esto al servicio de la sociedad.

No somos nosotros los que tenemos el poder multiplicador de nuestra actuación, es Él, el que utiliza nuestras acciones y nuestras ideas para el servicio del mundo. Lo digo aquí, en el aniversario del fallecimiento de mi padre, el Viejo Rey Javier para los carlistas, porque fue un hombre que desde joven participó en todas las luchas que ha habido, siendo un hombre personalmente pacífico. Empezó en la sublevación de Portugal, antes de la Primera Guerra Mundial, luego participó en la Primera Guerra Mundial desde el inicio al final en el Ejército Belga, después estuvo en la preparación de la guerra civil nuestra, después en la resistencia a la ocupación nazi en Francia, luego en el campo de concentración, y ya un año después, al volver de aquél, volvió a cruzar la frontera clandestinamente hacia España, por el Bidasoa, para poder tomar contacto con los carlistas que en España estaban contra el Régimen o, mejor dicho, a favor de una evolución democrática del mismo. Es decir, que ninguna pena, ningún peligro, ningún dolor, ninguna amenaza le paró en el cumplimiento de su deber. Y esto lo hizo como hombre, como príncipe y como cristiano.

Nos encontramos hoy en una situación difícil porque estamos bloqueados por todas partes, y curiosamente el peor bloqueo viene muchas veces de gente que no son enemigos nuestros pero que no quieren que se hagan los cambios que creemos indispensables en la sociedad. Tenemos que darnos cuenta que cuando estamos inmersos en un grupo humano, político, tenemos la tendencia a desesperarnos o de abandonar el campo. Yo digo que esto es un error, siempre ha sido un error, porque entre cada guerra carlista del siglo XIX parecía que habíamos desaparecido, nos habían condenado, decían que estábamos muertos políticamente, y luego teníamos que salir otra vez, otra vez, y otra vez. Ahora estamos en una situación semejante, pero no frente a una situación de guerra, sino en una situación de propuesta política para ayudar a nuestra sociedad a progresar en el mundo actual. Nuestra misión sigue intacta. Proponer soluciones modernas a los problemas de siempre.

Asistimos a cuatro crisis. La primera, la más evidente que vemos todos, no solamente en España sino en todo el mundo democrático, es la crisis de los partidos políticos. Los partidos políticos eran enormemente útiles en una época donde la confrontación era ideológica y a veces casi violenta. Era la solución, la alternativa a la violencia, era la discusión. Los partidos políticos han jugado en el mundo occidental un papel de primerísimo orden durante casi 100 años, pero hoy en día parece que al desaparecer la amenaza de una lucha violenta se han transformado poco a poco en un simple mecanismo de elección por el que los partidos deciden quienes van a ser los candidatos y quienes van a ser los elegidos. Con lo cual han perdido gran parte del sentido mismo de lo que debe ser un partido político.

El partido político sigue siendo esencial porque es el único instrumento legal que puede dar legitimidad al poder. Pero deben además ser ellos mismos una escuela del pueblo, un medio de comunicación entre el hombre y el estado, entre el gobierno y el poder. Esto es un hecho que no solamente afecta a España, como decía antes, sino a todos los países europeos. Hoy día hay otras vías para canalizar la voluntad de actuación de los hombres, en particular por el nacimiento de organizaciones no gubernamentales que pretenden alguna forma de representación popular, porque representan -dicen ellos- a la sociedad civil. Creo que esta pretensión es hoy día exagerada, porque no hay dos sociedades, hay una sociedad y toda ella es civil. Lo que hay que ver es lo positivo: cumplen con una necesidad, crean una iniciativa donde los partidos no la tienen. Sin esta evolución, sin estos movimientos no gubernamentales es difícil, en efecto, promover ideas nuevas incluso dentro de los partidos.

La segunda crisis es en las relaciones sociales. Durante casi un siglo el gran instrumento de diálogo social han sido los sindicatos, pero los sindicatos se han encontrado arrinconados poco a poco en una postura puramente reivindicativa, porque los partidos políticos –incluso los de izquierda- no veían provechoso que el sindicato tuviese una participación directa en las decisiones socio-económicas. Nosotros siempre hemos creído que el sindicalismo no puede ser simplemente reivindicativo o defensivo, tiene que tomar responsabilidades frente a las problemáticas de la sociedad e integrar el mundo del trabajo, sea cual fuere este mundo del trabajo, en las decisiones socio-económicas. Por eso siempre hemos defendido la tesis de la presencia de un Consejo Económico y Social, para establecer un diálogo responsable con el gobierno y con los partidos políticos Es necesario hoy en día encontrar una forma de diálogo. El obrerismo del siglo pasado ha desaparecido, el trabajo hoy en día en su inmensa mayoría ya no es manual. De modo que tenemos que inventar otra forma de comunicar esta fuerza vital del trabajo que hay en la sociedad, que permita controlar su economía y no caer en un sistema donde es la economía la que controle la sociedad. Si no consideramos esta realidad, nos encontraremos en una sociedad disminuida y limitada a la voluntad de los que disponen de los medios económicos.

La tercera crisis es la de las autonomías. A nosotros nos encanta ver que se potencien las autonomías, pero en vez de hacerlo como nosotros propusimos hace 170 años -sobre una definición clara de qué son las autonomías y cómo se puede construir un estado comunitario fuerte y solidario como en la Confederación Helvética o en la República Federal Alemana–, hemos caído después de dos siglos de centralismo y medio siglo de franquismo en una reacción centrífuga de difícil salida. Lo que queríamos, y lo que seguimos queriendo, son unas autonomías sobre las cuales se pueda construir una comunidad de comunidades. Eso era precisamente el sentir del juramento de los Fueros. En Gernika el Rey garantizaba las autonomías, que a su vez eran las bases de la autoridad real.

Es el mismo sentido que deseamos para una futura unidad europea respetuosa con las libertades y personalidad histórica de los pueblos unidos por el interés general. Así se crea un reconocimiento entre unas culturas y unas tradiciones que tienen un sentido anterior al estado. Si esto es verdad para España, también lo es para la construcción de la Europa del mañana, que no puede ser una Europa centralista y negadora de las libertades de los pueblos que la constituyen. Tiene que ser una Europa que garantice aquellas libertades de los pueblos al mismo tiempo que les una en lo que es tarea común.

La cuarta crisis es mundial. El actual sistema de desarrollo lleva a que del conjunto de la sociedad humana –que dentro de 25 años tendrá 8.000 millones de hombres- 1.000 millones vivirán en los países actualmente muy desarrollados (Europa, América del Norte, Japón y algunos países del Pacífico) y 7.000 millones vivirán en países en vías de desarrollo elevado, o en vías de desarrollo inicial o incluso aún en el subdesarrollo. Quienes pueden pensar que un mundo cuya velocidad de comunicación hoy en día es tan grande que se puede estar en cualquier parte del mismo en materia de segundos en cuanto a la comunicación, y de horas en cuanto a desplazamientos de personas, sea un mundo pacífico si frente a los 1.000 millones que viven en la parte superdesarrollada del mundo, aún existen 7.000 millones de personas que viven en países menos desarrollados o incluso subdesarrollados.

La experiencia del siglo pasado ha demostrado que la desigualdad de niveles económicos demasiado fuertes entre comunidades crea siempre conflictos violentos, sean internos o externos. No hace falta deciros que un conflicto violento hoy en día puede ser, o representar, el fin del mundo. No era posible hace 500 años o incluso 200, pero ha empezado a ser posible ya hace 50 años, con las armas nucleares y biológicas. De modo que hay una nueva crisis que aparece y que no tiene clara solución. Pero el desarrollo no consiste en tirar dinero al problema, sino hacer posible que todos los pueblos tengan la capacidad de auto-desarrollarse. No se trata, repito, de darles limosnas, no se trata de echar un poco de dinero a los pobres para que se callen. Se trata de realmente crear una estructura del mundo que permita que los pueblos se desarrollen ellos mismos con plena dignidad. Y cuando oigo que no es posible que dentro de 25 años el mundo subdesarrollado llegue a nuestro nivel, reconozco que es verdad. Que no es posible. Pero que hay una diferencia inmensa entre una situación en la que se vea una luz al final del túnel o una situación en la que esos pueblos no vean ninguna salida al túnel de su agonía y subdesarrollo.

Me diréis que he hecho una reflexión religiosa al principio, porque con la edad uno se pone cada vez más religioso. A los 73 años, la vida que uno tiene por delante es evidentemente mucho más corta que la que tiene por detrás, pero si miro a los años que tengo por delante, muchos o pocos, es con la perspectiva de una época donde se pueden hacer grandes cambios con vuestra participación, por lo menos iniciales, en la sociedad. Ahora he creado una Fundación para estudios y propuestas de ayuda al desarrollo dirigida fundamentalmente a Iberoamérica porque creo que es esencial que España dé un nuevo sentido a su presencia cultural, religiosa, intelectual y humana en este inmenso continente, que representará dentro de 25 años entre 600 y 800 millones de personas hablando castellano o portugués. Es ahí donde la influencia e iniciativa de España puede tener un papel esencial de cara al desarrollo mundial.

Para presentar soluciones a las cuatro problemáticas de las que he hablado se deben promover estas ideas dentro del debate público en el clima de libertades democráticas que consagra nuestra Constitución. Hay un dicho que afirma que las ideas mueven el mundo. Es verdad, las ideas tienen un poder multiplicador si responden a una problemática percibida por todos.

Tenemos que ver el mundo en el que vamos a entrar como un mundo que puede ser totalmente distinto del actual, más que copiar del pasado tenemos que crear un futuro. Un futuro para el que, con la ayuda de Dios, confío en mis hijos, como cada uno de vosotros confía en los suyos. En Carlos, que trabaja en las relaciones internacionales con las comunidades europeas. En Jaime, dedicado al Servicio Diplomático, ahora en Irak después de haber estado en Bosnia. En Carolina, que después de haber trabajado para las Naciones Unidas en África, ha estado prestando ayuda en Palestina, en Gaza y en Jerusalén. Estos son testimonios de una juventud dedicada al trabajo y a la ayuda a la sociedad de una forma o de otra, pero como muchos otros miembros de la comunidad humana trabajan no solamente para sí mismos, sino también para ayudar al mundo. También, y no menos importante, la formidable ayuda de todos los carlistas que en España luchan por proponer nuevos cauces a una sociedad diferente. Al fin y al cabo el mundo no solamente tiene que cambiar, está ya cambiando, cada persona puede ser parte de este cambio.

En los 180 años del Carlismo su supervivencia puede sorprender a mucha gente. En realidad es debida a que siempre ha estado presentando soluciones, sea por la vía de guerras, sea por la vía de la colaboración, sea por la vía ideológica, para aportar a la sociedad unas soluciones que aunque no fueron aceptadas antes, se hacen hoy día necesarias. Y la suerte también es que por vez primera en 180 años, desde hace veinticinco disponemos de una Constitución que ampara las libertades, ya podemos proponer nuestras ideas legalmente, sin cortapisas y ésta es nuestra obligación de hacerlo dentro de la legalidad vigente, porque esta legalidad lo hace posible.

Ahora, esta mañana tenemos también que felicitar a nuestros amigos a los cuales he concedido la Cruz de la Legitimidad, la distinción creada por Don Jaime para quienes han destacado por su lucha, por la fidelidad, por la generosidad, por la entrega, por la alegría, por el sacrificio. Digo esto a los que han recibido la Cruz de la Legitimidad porque sus ejemplos son más convincentes muchas veces que las ideas, porque el testimonio es lo que transforma una idea y un ideal en una realidad vivida.

Poco antes de terminar este acto, tomó de nuevo la palabra Don Carlos y dijo:

Cumpliendo con la petición de mi padre hace 25 años, aquí en Arbonne, quiero hoy delante de esta representación del Carlismo en general anunciar que a partir de hoy, tres de mis hijos llevarán títulos exclusivamente carlistas. Carlos llevará el título de Duque de Madrid, Jaime el de Duque de San Jaime y Carolina el de Duquesa de Gernika. Yo me reservo el de Conde de Montemolín.

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